República y Humanismo

"La solidaridad es la ternura de los pueblos" (E. C. Guevara)

Laicidad e incumplimiento constitucional en La Romana

Posted by Bernabé en abril 21, 2010

En nombre de Jesucristo, en nombre de Dios. En nombre de los pobres, los miserables, en nombre de la bondad. En nombre de las Santas Cruzadas, de los obstáculos a la ciencia, la igualdad, la libertad y el progreso humano. En nombre de los encubrimientos sobre delitos (y no pecados) cometidos por ministros de la Iglesia Católica. En nombre de quienes se oponen a las decisiones adoptadas por los Gobiernos legítimamente constituidos, sus leyes y decretos, sus principios y convicciones laicas, estrictamente éticas, ideológicas. En nombre de todo esto se manifiestan públicamente nuestros políticos, del PSOE, del PP, de la derecha nacionalista de la correspondiente región, en cada procesión a celebrar, en Semana Santa, pero también en las exaltaciones de patronos locales. La culpa, el flagelo, el miedo al infierno, al castigo eterno, el pecado, la moral prescriptiva hacia el ser desasosegado y sin esperanzas (sustraídas por la religión). En nuestros pueblos y ciudades, los concejales populares y socialistas acuden a las procesiones en cuanto que representantes de las instituciones públicas, locales, democráticamente constituidas en nombre del pueblo, por y para el pueblo, para la gestión de los dineros públicos y la promoción de la libertad, la igualdad, la solidaridad, la justicia, la lucha, la laicidad y la transformación social. Resulta repetitivo, no por quien lo recuerda, sino por quien lo vulnera, el artículo correspondiente de la Constitución por el que se proclama la aconfesionalidad (léase laicidad) del Estado español, y que implica y obliga desde la Jefatura borbónica, antidemocrática y retrógrada del Estado, hasta el último de la lista en una candidatura a elecciones municipales. Deben saber estos concejales que tanto si prometen como si juran, están incumpliendo la Constitución. Señalan en su acto de toma de posesión cumplir y hacer cumplir la Constitución, de modo que con su acto vulnerador de la Constitución asistiendo a procesiones de todo tipo, los concejales que prometen incumplen la Constitución y los que juran cometen además un pecado por incumplir la palabra con la que ante Dios se han comprometido, que es la de cumplir y hacer cumplir la Constitución que, vulnerándola con un crucifijo delante, han jurado cumplir.  

Pero, de nuevo, nuestro texto supuestamente democrático (Monárquico, y por tanto no democrático) es explícitamente dinamitado por parte de los principales partidos políticos que asumen como un eje de normalidad democrática la asistencia a las procesiones: actos privados de exaltación de principios dogmáticos personales de determinados individuos y grupos que consideran adecuado someter los códigos éticos y humanos de carácter colectivo, a convicciones fundamentadas en el miedo, la opresión de la conciencia, el castigo a la libre conducta en la consecución de la libertad, el progreso humano y la solidaridad. ¿Estarían de acuerdo nuestros políticos y políticas en vender los trajes que lucen en un evidente acto de ostentación en cada procesión haciendo caso de aquello de que “si quieres ser perfecto anda y vende cuanto tienes y dáselo a los pobres”? ¿Qué pensaría Jesucristo, en nombre de Él y de cuyo Padre se llevan a cabo estos actos de exaltación, si viese al correspondiente cura, beata/o y alcalde o concejal lucir de forma pomposa vistosos y carísimos trajes? ¿Esos mantos que ponen a las figuras que representan a Mí y a mi Madre, de dónde se los han sacado, si íbamos, vivíamos y vestíamos con viejos harapos? ¿Qué pensaría Jesucristo de ver a tal o cual divorciada/o, adúltero/a, etc., permanentemente ausente de la liturgia dominical y de la estricta conducta moral diaria, ahora luciendo en nombre de la estricta y ordenada moral basada en aquello de que “éste es un sacramento indisoluble. Debéis permanecer juntos durante toda la vida”?

No estaría nada mal que en nuestro pueblo se pusiesen de mutuo acuerdo los partidos políticos con representación en el Excmo. Ayuntamiento de La Romana para dejar de asistir a las procesiones de distinto signo. Cada concejal o alcalde que vaya, como uno más, con el cirio o no, con la moral puesta al día o no, pero no en nombre de las instituciones laicas que tanta sangre, cárcel, lucha y esfuerzo costó a la humanidad para despojarse de un lastre dogmático y confesional que todavía nos pesa como una losa antidemocrática imposible de disolver. Los políticos de nuestras poblaciones son muy cómodos. Se dedican a gestionar la política facilona: asistencia a actos determinados, risitas y palmaditas de todo tipo a este u otro cual. Y todo con más de un millón de euros de por medio en La Romana que hay que gestionar. La cosa es más seria, y los sueldos y subvenciones que reciben los partidos políticos presentes en nuestro Ayuntamiento, deben estar pensando más en lo seria que es la misión para la que el pueblo los ha elegido, y dejarse de sandeces y tonterías. La política es una cuestión digna y seria, y no debemos devaluarla mediante actitudes como las de pensar que perderemos votos si no asistimos a las correspondientes procesiones. Al pueblo se le educa a base de ejemplo y jugándose los cuartos: jugándose los votos digna y valientemente. Si el pueblo pide asistencia de alcaldes y concejales a la procesión, habrá que explicarles, de forma unánime que eso no es así, y que con ello se incumple la Constitución. Los concejales de tal y cual partido, además de asimismos (como muchos hacen) y de la ideología de su partido, representan ante todo un Estado en cuya configuración constitucional se señala que la laicidad resulta un elemento fundamental para la configuración de un modelo democrático y libre a la vanguardia del progreso ético del que unos y otros (de boca y sin dar ejemplo) dicen ser valedores. La solución debiera estar en un pacto más o menos explícito, más o menos oficial, en el que tanto PSOE (léase “Partido Liberal” y nada de “socialista obrero”, por aquello de la jubilación a los 67 años, la disminución del IRPF a los más ricos o el seguidismo al PP en el mismo modelo económico y la concertación público-privada de los servicios públicos de sanidad y educación) como PP (léase “Partido Conservador”) se comprometiesen, en cumplimiento del mandato constitucional de laicidad al que están sometidos como representantes de un Estado cuya constitución prometieron/juraron cumplir y hacer cumplir, a no asistir a ninguna de las procesiones o actos religiosos que se celebraren en cuanto que concejales o alcalde/esa. Es necesario en ocasiones arriesgar, y probablemente, después, todos los concejales acabarán yendo a las procesiones, y se matarán por llevar el cirio y dejarse ver, de nuevo con el traje más o menos grande, pero eso formará parte de la ridiculez propia de quienes, ya de por sí, piensan que la carrera política y democrática continúa jugándose en las procesiones y actos religiosos. Al final, pensarán, si vamos a ir igual, aunque no sea detrás del cura y delante del tío del bombo en medio de la procesión, tampoco valdrá la pena armar ningún numerito ni comprometerse a nada… que es a lo que están mal-acostumbrados nuestros políticos: a no comprometerse a nada ni a jugársela. Se trata de pasar el rato, lucir cuanto se pueda y que la cosa venga como tenga que venir. En tiempos de crisis, en los que muchos de nuestros vecinos están pasando momentos difíciles, y en los que muchos de los cuales han de preocuparse tan solo de sobrevivir, nuestros políticos son capaces de hacer grandes inversiones en trajes por el mero hecho de lucir y ostentar, delante de estos vecinos, delante de Jesucristo y su Padre, los cuales, si de verdad creen en Ellos, les estarán observando y juzgando. Y ya sabemos que el Cristianismo (y ya no digamos el rabioso Catolicismo), cuando de juzgar se trata, no gasta bromas: “¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo evitaréis el ser condenados al fuego del infierno?”; “Enviará el Hijo del hombre a sus ángeles, y expulsarán de su reino a todos los escandalosos y a cuantos obran la maldad; y los arrojará en el horno del fuego: allí será el llanto y el crujir de dientes”. Eso sí que es persuasión, y lo demás castigos eternos… ¿o es esto?

En la imagen concejales del PSOE y del PP incumpliendo la Constitución de 1978 ante todos los ciudadanos y en plena calle durante la procesión del Viernes Santo de este año.

Es la hora de la filosofía, la razón, la libertad, la democracia genuina, el laicismo, la igualdad, la solidaridad, la ciencia al servicio del progreso humano y humanístico. Es la hora de que los políticos asuman el verdadero papel que les corresponde y no asuman el chantaje al que constantemente pretenden someternos los ministros católicos y sus huestes impositoras y profesantes del “haz lo que yo diga pero no lo que yo haga”. Un buen cristiano, sabedor del padecimiento que la institucionalización de una religión oficial les impuso hasta el año 313 (para ser administrado por estos desde las instituciones del Imperio Romano a continuación), un buen cristiano pues, conocedor de estos y otros padecimientos, tales como los que pretenden escenificar en los días de castigo a la figura de Jesucristo (Semana Santa), debiera comprender que la tolerancia entre religiones, el despojo de la hipocresía y la laicidad de un Estado que mira en igualdad de condiciones a todas las religiones y a ninguna de ellas se somete, deben ser las principales bendiciones y esfuerzos morales mediante los que beneficien a la comunidad, en última instancia constituida por seres humanos constituyentes y sujetos a un orden social y político dispuesto para la gestión de determinados bienes entre los que se cuenta la libertad de culto, el no sometimiento de los políticos a los postulados confesionales y parciales, y sobre todo, el progreso humano, ante el que la religión se muestra siempre hostil, no por voluntad coyuntural, sino por prescripción genética y moral. No es nada sencillo explicar la sensación de angustia y vergüenza cívica que a un ciudadano normalizado con el umbral democrático idóneo le produce ver a sus representantes, de cualquier nivel institucional, acudiendo a actos religiosos cuyas prácticas resultan directamente heredadas del Régimen previo, en nombre de sus electores, en representación de éstos y del Estado que los ciudadanos han constituido y cuya gestión delegan en dichos representantes. No es nada sencillo, pero es igualmente imperioso y necesario describir esta situación para atestiguar la gravedad del suceso, de la realidad que encierra y manifiesta. La convicción religiosa laica y atea me permite coincidir con la convicción colectiva manifestada en el texto constitucional, laica o al menos aconfesional (ciertamente, no del todo claro en cualquier caso), a partir de la cual toda ausencia en actos religiosos en cuanto que representante político me resultará del todo adecuada conforme al mandato constitucional que como ciudadano asumo en la misma medida que lo asumo al hacer uso de los instrumentos que en el mismo se contienen para su transformación. Este es el respeto por los ciudadanos, por la democracia y el modelo de convivencia que debemos construir en miras a la tendencia evolutiva que desde el punto de vista humano debemos perseguir: la laicidad, la tolerancia, la libertad, la igualdad.

Si un guardia local diera el alto a Jesucristo al pasar por una de nuestras poblaciones con motivo de una procesión, no podría sino solicitar a la autoridad competente una nueva crucifixión, esta vez sin resurrección ni segundas venidas. Si Jesucristo viera los tacones, los chales y las corbatas que en su nombre se lucen varias veces al año por las calles de nuestros pueblos, no podría sino pedir que una señora del terreno le dejara, sin deshacerse el cardado, un chal para poder proteger la desnudez de la que toda su vida fue titular entre sotanas desgarradas y sucios trapos. Si Jesucristo supiera que en su nombre se han colmado las injusticias que durante su predicamento denunció, no podría sino solicitar que le hubiesen cortado la lengua como durante siglos la Iglesia Católica practicó a quienes no profesaron la fe que por dogma es mentirosa e interesada. In nomine Domine.

Sobre nuestras calles se describirán los rastros de la cera que como nuestra laicidad queda estampada en el ardiente asfalto cual sociedad burlada por sus propias autoridades. Esas autoridades que con vehemencia ultrajan la aconfesionalidad del Estado y copresiden con sumo interés y mayor implicación política, al son de un chinda-chinda solemne, uno de los más siniestros actos litúrgicos (antropológicos) de los que gusta nuestra sociedad.

“Prohibido estacionar. Procesión. De tal hora a tal hora”. Y un amenazador dibujito con una grúa llevándose a un coche de quien podría calificarse como un neo-hereje.

Da verdaderos escalofríos observar la necrofilia sobre la que se sustentan las manifestaciones religiosas católicas, que pasean su tufo por nuestras calles en un silencio sepulcral sólo interrumpido por las pruebas de audio de alguna barraca o de la orquesta: si, si, un, dos tres, ei, si, ei, si, hola. Da verdaderos escalofríos ser testigo de una de las manifestaciones que todavía trae hasta nuestros tiempos la cultura política local arraigada en el caciquismo decimonónico de cuya sofisticación se encargó el Régimen Nacional-Católico del fascismo franquista. Da escalofríos que desde las profundidades de nuestra trágica histórica emerja, como el agotado marinero trae hacia sí las redes desde el fondo del mar, el más genuino de los cienos de nuestro pasado enrojeciéndonos la mirada con la sal que nos salpican los agonizantes peces de la laicidad.

Los políticos locales se sumen en toda esta parafernalia y delegan en un acto religioso su exposición ante su sociedad. Caminan con paso firme y en una perfecta fila cuál ejército que camina hacia su propia muerte: Ave, Caesar imperator morituri te salutant. Las procesiones son el paseillo por el que los curas llevan a la democracia hacia la humillación después de haberla insultado y vejado. Porque no hay mayor competidor para la soberanía, junto con el capital, que el poder católico. Y con las caras bien altas y la barbilla perpendicular al horizonte de nuestras tierras, las autoridades caminan con paso armónico, sólo bajando la mirada, siempre huidiza, con la terapia de contemplar el buen calzado frente al que Jesucristo, atónito, parado en la carretera por el guardia local, tanta vergüenza sintió por los callos de los niños descalzos.

En un Estado aconfesional como el nuestro no debiera darse la circunstancia que a tantos ciudadanos sensatos nos persigue en nuestro camino cívico. La circunstancia de que se entone el himno oficioso del Estado a la salida y entrada de las imágenes en virtud de cuyo honor los jóvenes se emborrachan y toman la pastilla del día después, los niños tiran petardos dentro de botes de cerveza vacíos y los mayores huyen hacia sus casas murmurando un “vaya música, esto ya no es lo que era”.

Escuchando el oficioso himno de España secuestrado por una secta que ha triunfado, Jesucristo, parado en la gasolinera y esperando a que la procesión pase, pensará que todo fue en balde. No obstante, ya puede usted pasar, la procesión terminó.

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Una respuesta to “Laicidad e incumplimiento constitucional en La Romana”

  1. Francesc said

    Boníssim l’article, de lo milloret que he pogut llegir últimament.
    Recalcar que tant PP com PSOE en absolut els preocupa la salvació ni el castig etern, l’assistència a misses i processons, únicament es deu a la pugna d’estos dos partits per a aconseguir vots, fins i tot li besarien el cul….. perdó els peus al papa per tal d’acontentar a l’electorat catòlic.
    Enhorabona i endavant, salut i república.

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